
El ascenso de los grupos de ideologías totalitarias, fascistas, xenófobas, es notorio en la realidad europea desde hace unos años. Y resulta especialmente cruel que crímenes como éste ocurran en un país en el que la mayoría de los jóvenes son respetuosos con las instituciones, consideran a los políticos gente cercana y se involucran desde temprano en la vida pública (los casi seiscientos jóvenes de la isla de Utoya eran socialdemócratas). Los políticos allí sí los representan.
Mucho más al sur, en Somalia, en el llamado Cuerno de África, la guerra civil, la sequía y el hambre llevan a miles de personas a perecer mientras esperan la ayuda humanitaria de los del norte. Cuando vemos en los noticiarios las imágenes del dolor perenne y resignado de esas madres que recorren decenas de kilómetros después de haber abandonado a los más débiles de sus hijos para intentar salvar a los que aún tienen algún brillo de esperanza en sus ojos hundidos, todas nuestras desgracias nos parecen nada. Como se dice en algún anuncio televisivo, a veces necesitamos un trago de sur para poder ver el norte. Debajo de nuestro sur hay otro sur más profundo.
Mientras, entre sur y norte, los mercados siguen jugando a los chantajes de la usura. Los bancos reclamando deshaucios y pagando sus cuotas a la lisonja de consejeros y altos cargos. Su voracidad parece no tener límite y amenazan con empujar más hacia el sur al sur de Europa. Imponen ajustes, recortes y nos instan a claudicar: el Estado de Bienestar es insostenible, debe morir. En Cataluña van a cerrarse el 25% de las camas hospitalarias. En otras comunidades se impone el llamado copago sanitario. Y frente a la dictadura de los mercados parece que sólo hay dos formas de pronunciarse.
De un lado, el discurso de una derecha obediente, defensora de los intereses de los mercados, porque son los suyos propios, una derecha disfrazada de Caperucita, que se proclama defensora de los trabajadores y de las políticas sociales, pero que esconde las mismas fauces afiladas que antaño nos devoraran, porque son los hijos de los mismos lobos.
Del otro lado, los que nos consideramos de izquierdas parece que siguiéramos empecinados en devorarnos los unos a los otros, como hermanos enfrentados por la legitimidad de una herencia, dividiéndonos cada vez más, y enarbolando el odio como identidad, manipulando y aprovechando cualquier ocasión para lanzarnos puñaladas traperas, pactando si es necesario con el lobo. Los errores del pasado resultan ser los del presente.
Quizás debiéramos mirar más al norte y despertar de una vez, como despertó la ciudadanía islandesa. En esta nueva vida, empezaron a organizarse, a intentar entender, a exigir medidas y a buscar a su alrededor gente competente en la que confiar. Para salir de ésta, hay que afrontar los retos con el apoyo de la mayoría de la población, con el debate y con el diálogo, mano a mano, paso a paso. Quizás, de esa manera, podamos ver el norte.
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